Fotografía blog: A. Stieglitz, In Erwartung der Heimkehr, 1896

domingo, 3 de febrero de 2013

LIMBOS






LIMBOS 




August Sander






      No me atrevo a contradecir las cosas que ya no veo. Las nubes, los abanicos, los botones: los enumero, ¿qué podría yo hacer sino recorrerlos?, si los llevo enganchados como a una tempestad y me muevo cuando se mueven y si aparecen yo me aparezco. Y sin embargo, no obtienen más realidad cuando hago eso; lejos de mí, ellos conspiran, se amotinan o desvanecen o no estuvieron.

¡Pero qué frío aquello!, cuánta abundancia se despeñó por los desfiladeros de la garganta y enumeraba, enumeraba, estoy segura que enumeraba, mas nunca en ellos. No respondían a ninguna de las ondulaciones con las que sumergía mi cuerpo en su país, en su suelo, adentro de sus horarios, ¡no!, ¡no!, ¡no!, ¡tanto polvo!, ¡los reflejos!, ¿qué casas? Ya voy siempre de paso, las raíces de antaño se enredan con las palabras y ya nunca se pueden juntar tus dos manos, y ya nunca atranca la puerta.












LA ARMÓNICA




LA ARMÓNICA
















      Nada se pierde aunque nosotros no lo encontremos, aunque yo mire una vez y otra vez y me parezca que toda mi vida he estado allí tratando de levantarme. De levantarme, sí, y de darme la vuelta, antes, cuando todo se resumía a un no poder porque estaba terriblemente enfadada pero a la vez completamente enamorada de lo que me decían, y para mí no existía otra ninguna cosa que la de permitir que todo me arrebatase. Yo no podía impedir que en mi cabeza me deslumbraran de aquella forma  cuando se descubrían, jamás antes había yo visto mundos así, me mantenía en brincos de una luz a otra luz, nada supe de mí, todas las veces eran aquellos los que a mí me creaban. ¿Cómo no oir el ruido limpio al cerrarse, la puerta aquella maravillosa puerta terrible, como yo? Y ya no era que me dejaran adentro, era ese ruido metálico, firme que, según dijeron, significaba adiós. Y ya jamás pude dejar de ob esaservar esa montaña de misteriosos decretos. El olor a galletas me hizo pequeña, de ella mejor no hablar, de ella no digo nada, de ella tan sólo el cuello, un cuello imperecedero como una soga celeste a la que me aferré mientras seguía la iridiscencia de los pasillos, unos pasillos hechos con barandillas como olas del agua; en una enorme brazada, una de ellas me fue a depositar dentro de un sueño, creo que me dormí todos los siete años que no tenía, creo que imaginé lo que luego pasó, nadie me dijo de dónde vine ni cómo ni para qué, ni tan siquera si yo o ellas íbamos a volver. Tan increíbles, no los pude encontrar porque aquello eran varios, multitudes de mundos, cada cual con su tiempo, cada vez con su voz. El tiempo de cuantos eran se me metía en la piel, sobre todo en los ojos; descubrí el chocolate, mis dedos se transformaban con su color, se me volvían hormigas, cada cosa me comenzaba, cada cosa me atenazaba, ¿qué podía yo hacer?, si debajo de cada puerta que se giraba aparecía una sombra que eran historias que eran canciones que después eran la explicación de que las ramas se siguieran moviendo y fabricaran las noches e hiciesen ruidos. Cuando la puerta gigante se volvía a abrir era el Arroz, era el arroz mi familia. Yo no he visto jamás nada tan duradero como ese ir a buscarme en los rostros que aquel Blanco Universal. El Universo era piel, el trocito entreabierto junto a la oreja que a veces veía y a veces no, era mucho más elocuente que todas las letras juntas, que todo el tartamudeo de las clases o el sol, una raya en el pelo, la inclinación al hablar de una cintura, ¡tan incesante!

Y me quedé así sentada en el primer escalón, y debieron pasar todos aquellos mundos y ahora no sé, ahora no sé si todavía estoy o es que anduve sonámbula Mi pequeña mamá me había dejado una armónica plateada que se perdió… no te sabría decir, pero siento que desde allí todo confluye, siento que reverbera, siento su voz como si nunca hubiera cesado.















*Fotografía Lollipos, 1910. Gertrude Kasebier












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